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Volviendo un poco hacia nuestra intención primera, es decir, las experiencias, tenemos hoy aquí una fotografía histórica en el mejor sentido de la palabra, puesto que se trataba de una efeméride singular, el cambio de milenio. Al rebuscar en pos de alguna imagen en mis albumes de fotos (son carpetas virtuales, ya lo sé, pero es más bonito así), ha venido a mi mente la reflexión sobre el anterior cambio de milenio, en plena Edad Media. No puedo dejar de reconocer que algo ha mejorado la cosa en cuanto a nuestra reacción al mero hecho de usar un sistema decimal de cuentas. Sin embargó, recordé que en la Edad Media existieron los goliardos, almas libres y dispuestas al disfrute de este mundo, puesto que es lo que hay. Sus canciones, criticas con la estrechez de miras y el fundamentalismo de los sacerdotes, son hoy conocidas por los Carmina Burana, que adapta las canciones de taberna y los versos al amor y a la vida. ¿A que viene todo esto? dirán algunos. Yo, por mi parte, creo que nuestra modesta fiesta del futuro recogía una visión de la vida, que existe para existirla. Un cántico al ahora, un "degenerado" Karpe Diem del siglo XXI.
De hecho, una parte misma del sentido de la vida lo podemos encontrar en las personas mismas de la foto. Aunque estaba en el centro del grupo y la cámara era mía, apenas conozco de verdad a la mitad del grupo. Lo que quiero decir es que esa fiesta, las fiestas de la Fábrika y antecedentes, eran siempre como estar en casa pudiendo conocer a gente en todo momento. Una mezcla saludable de grupo cerrado y cohesionado y multitud anónima.
Una de las cosas que más me gustaron de la fiesta fue la ambientación, como sentimos casi todos la necesidad de mutar con el cambio de año y proyectar una ilusión, sueño o pesadilla, del tiempo por venir. Me imagine a mi mismo como sacerdote de las cloacas, viviendo entre drogas de mil colores y basura electrónica. Coherente con mi papel, la química corrió a raudales por mi torrente sanguíneo aquella noche. Descubrí, a través de Laurita, que el agua es dulce bálsamo para la anfetamina. Ella apareció, puesta también, como un hada de cuenta, con su vocecilla aflautada, para evitarme las nauseas que el alcohol me producía.
Como prueba de nuestro carácter goliardico una visita a la fiesta de unos amigos me bastó. Las miradas de incredulidad y sana critica "normalizada", en una ciudad donde todos se disfrazan en Carnaval pero no pueden en Nochevieja, me hicieron sentir un marciano en mi barrio. Por eso volví pronto al platillo subterráneo y volvimos a salir volando.....
PD: Dejo como reto el descubrir a cada uno de los participantes en la foto. Algunos son más faciles que otros. ¿Que tienen las fotos de grupos que tanto atraen? ¿Será el paso del tiempo en el conjunto, y no en uno mismo? ¿Será tan sólo el momento atrapado?
En esta ocasión esta pintoresca foto, donde Ale y yo no aparecemos ya como críos pero tampoco como personas adultas, nos servirá para hablar de Marruecos, del moro. Esta fue la primera vez que fui a Marruecos (ir con mis padres a Xauen con 5 años no cuenta) y fue, en cierto sentido, la mejor. En primer lugar, lo desconocido, con todas las "leyendas" que circulan sobre los moros. En segundo lugar, un viaje organizado por nosotros con la guía del routard, a nuestro aire y sin control ninguno. Llegamos a Tanger y luego fuimos a Fes, donde se tomó la foto. Como íbamos justitos de dinero ni se nos ocurría comer en restaurantes, ni siquiera los baratos. Así que tuvimos la feliz idea de preguntarle a nuestro guia, un chaval que se conformó con la botella de guisqui que llevábamos para cambiar, como podríamos hacer para probar algo típico marroquí (y no mas bocadillos) por poco dinero. Nos propuso que le diéramos algo de dinero para que su madre hiciera la compra y nos preparara un cuscús. Nos pareció muy buena idea, sobre todo porque nos pidió menos de 1o euros por los cuatro. Sabíamos, por supuesto, que él sacaría beneficios del trato, pero era lo mejor para todos y además, mejor dejarle dinero a alguien conocido. Dicho y hecho, tras apoquinar los 100 dirhams, nos llevó a conocer el barrio antiguo de Fes, una maravilla de 1300 años de antigüedad, donde la miseria era medieval, con los artesanos trabajando en los escasos huecos entre casuchas, donde cruzarse con un funeral era un hecho cotidiano. Fes ocupa en mis recuerdos un puesto de honor entre las ciudades que más me han impresionado. Bath, Tübingen o Amsterdam. En Fes lo que me lleno de sorpresa y emoción fue la sensación de "alteridad", lo impermeable que parecía aquella ciudad a influencias y avances foráneos. Como si pudieran seguir viviendo como hicieron sus ancestros sólo con no salir de Fes al Bali, el Viejo. Sentí el impacto que los viajeros románticos experimentaron al entrar en contacto con Oriente, el Otro por excelencia. Pero al tiempo descubrí que yo era mestizo, que me reconocía y me encontraba con los marroquíes, que algo en mi cultura hundía sus raíces en el mismo suelo que la suya. Vecinos cercanos, he vuelto muchas veces a Marruecos, por su comodidad, por ser tan barato. Pero también como viaje interior, donde mirarme en un espejo que nos recuerda lo que fuimos, no sólo por el rollo de al Andalus, sino por pueblo agrario, cerrado, donde la vida es más dura pero menos compleja. Con historias de emigrantes en cada umbral. Mirando hacia el norte con envidia y deslumbramiento. Con familias llenas de niños, que juegan en la calle. Detalles que conocí en mi infancia pero que ya no ven los niños españoles.
Marruecos es también el reino de los sentidos, donde las cosas huelen como no es posible que huelan o sepan en nuestro civilizado, saludable y plastificado mundo, donde los niños saben que la leche la dan los tetrabrik. Y aunque vivir así no es lo que deseo, una cierta nostalgia por otra forma de vivir si que me emborracha cuando estoy al otro lado del Estrecho. Es un país del que enamorarse y tengo muchos recuerdos dichosos entre las sinuosas callejas de Tanger, Xauen o Tanger, escapadas con amigos gabachos, viajes con Derechos Humanos. He tenido la suerte de ser acogido por amigos, como la ultima vez, cuando nos llevaron de paseo por Tanger en uno de esos Mercedes antiguos pero potentes. Nos llevaron donde van los propios tangerinos, haciendonos sentir en casa. Y al hacerlo, descubriamos cuanto nos parecemos, como cuando nos llevaron a un chiringuito de playa a comer pescadito frito. ¿No os suena?
En este periplo por los últimos treinta años voy a permitirme esta vez un pequeño truco, porque si mi finalidad era narrar experiencias concretas de importancia en mi vida, dificilmente esta foto añeja puede entrar dentro de esa categoría. Sin embargo, la experiencia de tener un hermano, y sólo uno, ha sido uno de los influjos mas fuerte que he tenido. Aliado/competidor, molestia o bálsamo, compañero de aburrimiento y diversión, amigo-enemigo, carne de mi carne. El titulo de primer amigo es paradójico, puesto que nunca lo vi así, mi hermano y yo desarrollamos una amistad consciente tardíamente, una vez superado el obstáculo que supusieron nuestras respectivas adolescencias, cargadas de caraja y tontería. Pero mucho antes, cuando eramos tan pequeños que casi no lo recordamos, el y yo estábamos juntos día y noche. Esta foto es un poema de aquellos primeros años 80, ambos sentaditos en el escalón de Palace Manor. Muy juntitos y con la famosa inocencia infantil. Es veranito, la estación de la infancia por excelencia, y mas junto a la playa. Llevamos pantalones cortos y mi hermano hasta tirantes. Yo agarro una pala de playa, uno de esos objetos que plagan la memoria de los niños gaditanos, como aquellas alpargatas de plástico cerradas con hebillas metálicas siempre oxidadas y que eran imprescindibles para ir a las rocas. Esta foto tiene el valor de revivir aquellos veranos inacabables, con la única preocupación de jugar con la arena, ir a casa de los Galiana o tomar nuestro Nesquik fresquito. Tardes de ir a la piscina donde ahora está la policía local y ser un tritón o un delfín dependiendo de nuestra aptitud natatoria. Tardes de bocadillo de chorizo con margarina para que fueran menos secos. Todos tenemos tal cumulo de emociones y sensaciones asociados a la propia infancia que casi nos embriaga ponernos frente a una de las llaves de la memoria, como hago yo con esta tierna y melancólica (para mi) imagen. Como decía Proust, el tiempo es una mardalena, y si es de la Bella Easo, dura poco. Lo que fue realidad únicamente presente, rabioso presente, donde esperar 15 minutos era un suplicio, ahora queda sólo como sueño, como eco, como el parecido entre Pablo y yo con nuestras versiones de 2007.
Mi mente encadena recuerdos y situaciones vividas con mi hermano, desde nuestros partidos de futbol pasillo durante muchos años a juegos en la calle con otros niños, borracheras compartidas, peleas constantes, violentas o de verdad. Los dos tirandonos juntos en nuestro monopatín azul (bueno, si, era tuyo), regaló de la madre del Teti. Buscando litronas vacias para venderlas en la calle de atras al "cateto" por cinco duros, que solían acabar en chucherias (antes de que nacieran las barracas) o en los recreativos, donde dormían los sueños de los niños de entonces.
Lo dicho, es genial tener un hermano como Pablo, mi buen amigo el Pavo Buitre, cada día menos pavo. Te quiero hermanito!
Otro capitulo importante en mi repertorio de experiencias lo forma todo lo vivido con mis queridos e incomprendidos scouts. Ser scout ha sido siempre uno de los pilares fundamentales de mi personalidad y en el momento de escribir estas lineas acumulo 22 añazos de vida scout. Nunca nada ni nadie, fuera de la familia, ha permanecido tanto tiempo presente en mi vida. No es posible entenderme, creo yo, sin el escultismo. En cuestión de autonomía, autoconfianza y muchas otras cosas, soy deudor del grupo 188, particualr versión de los scouts que encajó bien con mis creencias, como la laicidad, el tener las puertas abiertas a todos y de verdad y cierto desparpajo medio jipi, medio macarra.
Pero todo esto es un plastazo que no hace referencia a vivencia alguna. Era de nuevo una pequeña introducción repitiendo lo ya sabido por todos los que constituyen la pequeña, pero selecta, audiencia de esta bitacora. Sin embargo, la foto que hoy comparto con vosotros (retocada por photoshop para cachondearme de mi mismo) si se tomó en un momento concreto y un lugar especifico. Se trata de Julio de 1994, en el Parque Nacional de Picos de Europa, un lugar maravilloso. Estaba a punto de cumplir los 18 años y acababa de aprobar selectividad. Con la pandilla de colgados que me acompañan en la foto, recorrimos a pie durante 15 dias los pueblos, rios, montañas y bosques de por allí. Estabamos a cientos de kilometros de cualquier conocido. Sólo nos teniamos a nosotros mismos (nos acompañaba un adulto, claro). Nos cocinamos, durmimos bajo varias tormentas, acampamos en un corral de cabras y nos bañamos en pristinas aguas de manantiales de montaña, tan frios como transparentes. Vivimos en un contacto permanente con la naturaleza y los vecinos del lugar, a los que conocimos y llegamos a apreciar, como un sacerdote que nos dejó dormir en el jardin de la iglesia o Pep, el de Isolina, un pastor de Cangas que nos acogió en su establo durante una tormenta y que nos invitó a permanecer allí todo el tiempo que quisieramos. Al final nos quedamos tres dias, llegando a ayudarlo a ordeñar a los animales. Anduvimos durante muchos días, y sufrimos verdaderas penalidades (una amiga se doblo los dos tobillos en medio de una montaña, sin camino ni indicación alguna a más de diez kilometros de cualquier ser humano). Pasamos frio, hambre (que asco de comida haciamos!!) y estabamos sucios y cansados. Pero, a pequeña escala, conseguimos algo grande, que nos hizo fuertes y que nos llenó de orgullo, porque mientras otros pasaban sus vacaciones en la playa, sin esfuerzo y, en verdad, sin recompensa, nosotros visitabamos a pie, como los verdaderos viajeros, una tierra donde parece que los duendes duermen en las raices de los tocones. Fue, probablemente, el mejor campamento, scout o no, que haya hecho jamas.
Todos sabíamos que esto iba a ocurrir, que un día pondría una foto de mi estancia en Francia y abriría la caja de Pandora de mis recuerdos. ¿Como es posible que fuera algo seguro y evidente? ¿Es que hemos desarrollado poderes mentales? En absoluto, que mas quisieramos. Lo que ocurre es que la experiencia Erasmus me marcó de forma profunda y duradera. Fué un escalón fundamental en la construcción de la persona que soy. Sólo el mudarme a Córdoba, emanciparme y entrar al mundo "adulto" han conseguido que deje de ser basicamente el que volvió desde Brest un lejano Junio de 1998. De hecho, uno de los escasos abalorios que consiento en portar es un triskel, sagrada espiral celtica de origen solar. Brest significó para mi la libertad más total y absoluta, una sensación embriagadora. En una residencia con 800 estudiantes de varias decenas de paises, nadie conocido a 2000 km. y dinero para mantenerme un año de sobra, me pude plantear desde el comienzo un año Erasmus de experimentación y disfrute. Por lo pronto, decidí que perder un curso academico no era ningun problema, aunque al final sólo perdí medio, porque hubo asignaturas muy interesantes. Por lo demas, decidí que en semejante coyuntura, y si no quería limitarme a ser un extranjero entre extranjeros, tenía que echarle cara. Eso hice. No es dificil, allí culquiera tiene cara, porque son reservados, como buenos guiris. Me fuí (se que he contado esta anecdota mil veces, pero os jodeis, es mi bitacora, si no os gusta no la leais [Es un decir, os sigo apuntando con mi arma]) siguiendo el sonido de una canción de Celtas Cortos (aun eran un buen grupo y Cifuentes, menos tonto) hasta la puerta del fondo a la derecha de mi amado y tetrico pasillo. Allí llamé y me abrio mi primer amigo francés, Ludo, que aquí podemos ver pasando un rato conmigo en la habitación de Arnaud. Algunos lo conoceis porque estuvo en Cádiz ese mismo verano. Sé que Arnaud es más conocido, vino dos veces y la segunda se llegó a convertir en parte del paisaje humano veraniego. Ademas, conoció casi todas las casas de los colegas de Cádiz. Pero Ludo es un tio de putisima madre, un breton de campo, que vive en una granja sobre una colina mirando al ventoso Canal de la Mancha y que habla con su padre en bretón, para no perderlo. Conocer esa casa y a su familia, fue una de las cosas que gané aquel día que me atreví a llamar a su puerta. Fueron muchas, pero no quiero intentar siquiera recogerlas de una vez. Prefiero irlas desgranando como proceso de reflexión y recuerdo en estos pixeles que leeis. To be continued....
Erase que se era un joven y apuesto mozo que cumplió los dieciocho años y, tras mucho torturar a su pobre padre, consiguió que le mandaran un mes a Inglaterra, la perfida Albión de los libros de piratas. Era mi primera salida al extranjero de verdad, solo y para un tiempo considerable. Era mi primera escapada. Cierto que me quedaba en casa de una familia donde la madre era de Cádiz, y donde tenía clase de ingles, pero todo era tan nuevo... He dicho solo y no es cierto, mi prima Bea, con el gen Fernández de cogerlas al vuelo, decidió que era su propia oportunidad y cameló al padre con aquello de "si voy a estar con el primo Ramón". Asi que se vino, pero eso solo me dió algo de compañia sin cortarme lo mas minimo. Si, queridos lectores, vuestro amigo Ramón también fue joven una vez. En estas lineas que tan fervientemente leeis (seguid leyendo, os estoy apuntando), hemos saltado nada mas y nada menos que a 1994, el siglo pasado. Se me ve tan delgadito, con mi pelo rojo y medio largo. Estoy al borde del orgasmo friki, porque me hallo en el British frente a unos murales asirios de mas de 2500 años de antiguedad y esas cosas me ponen cachondo, ya sabeis. Sólo Ross Geller podría entenderme, pero que vamos a hacerle, si es ficticio. Esta imagen representa el comienzo de mi vocación internacional y guirofila, que tantos buenos momentos me ha traido, y también el habito de moverme solo, de irme de excursiones culturetas con mi musica y mi guia o sin ella. Aunque solitarios, esos momentos de descubrimiento siempre me han dejado hechizado, preso no sólo de la maravilla que estaba contemplando sino también del silencio interior en que los conocí, incapaz de comunicarlo con nadie, puesto que solo me hallaba. La experiencia quedó cerrada con matricula cuando volví con Isa y Cuchon a ver los mismo murales, pero 12 años despues, siendo arqueologo, no estudiante de COU. En cierto sentido fue como visitarme a mi mismo doce años despues, para comprobar los cambios. ¿Y sabeis que? Aunque todo es mejorable, me gusta como ha salido la cosa en general.
Esta foto representa la calma tras la tempestad. Estabamos en la Granja de San Ildefonso, cerca de Segovia, y habiamos ido para ver nieve, que en Segovia apenas había esa tarde, el mismo día que llegamos. Al día siguiente caería una gran nevada sobre nosotros cuando estabamos junto al acueducto, pero claro, no podiamos saberlo. Nos fuimos Isa, Pablo y yo, dejando a nuestros viejos en la casa del amigo donde acampábamos todos. En la Granja tan sólo había una pequeña capa de nieve, pero los tres, con la energía de los sueños infantiles sin satifacer, nos tiramos nieve como salvajes durante más de una hora. Con 26 y 29 años, respectivamente, mi hermano y yo tuvimos nuestra primera batalla de bolas de nieve. Yo había podido hacerlo unos años antes en la pequeña e insulsa, pero muy conocida, ciudad de Saarbrücken, pero fué con desconocidos, salvo por el bueno de Ruli. Asi que comprendereis nuestro entusiasmo. Para Isa y Pablo era su primera nevada y para Isa la primera vez que estaba en la nieve. Aquella tarde, en que nos emborrachamos de infancia y despreocupación, fue pasando a golpes de nieve y cuando quisimos darnos cuenta ya habían cerrado los jardines de la Granja, que era uno de nuestros supuestos objetivos y que hubiera sido una visita memorable. Pero no nos arrepentimos, yo no me arrepiento, porque aunque tiritando y asfixiados, jugamos y nos revolcamos como cachorrillos frente a la madriguera. Luego un canuto en el banco de la foto y un chocolate caliente, aquella brillante y fria tarde pasó como una resaca leve, dejandonos un regusto a epocas en blanco y negro, vistas en peliculas de los sabados por la tarde, con los pies en la copa de casa de la abuela. Aquella comunión con mi hermano e Isa y con nuestros sueños de antaño hizo que esa tarde quedara claramente como uno de los grandes momentos (de los buenos) que he vivido con el pavo buitre (Visite Scanea2.blogspot.com) y con Isa, mi amada compañera.